Mientras proyectos industriales estratégicos como la planta de fertilizantes verdes de Atome aguardan una definición tarifaria, el IPPSE lanza una alerta técnica contundente: la demanda energética superará la oferta disponible en la próxima década. La organización Horizonte Positivo propone un cambio de paradigma: dejar de administrar la escasez y convertir la abundancia potencial —solar, hidráulica y de capital humano— en el verdadero motor del desarrollo nacional.
Asunción, Paraguay. Paraguay se asoma a una encrucijada energética que definirá su perfil industrial, su capacidad de atraer inversiones y, en última instancia, la calidad de vida de su población en los próximos veinte años. La advertencia, lejos de ser una especulación académica, proviene de un documento técnico con firma institucional: el Informe Técnico N° 1/26 del Instituto de Profesionales Paraguayos del Sector Eléctrico (IPPSE) , que proyecta un escenario crítico para el período 2026-2035 si no se concretan inversiones urgentes en nueva capacidad de generación.
El diagnóstico es tan simple como inquietante: la demanda de potencia y el consumo de energía crecerán a un ritmo que las fuentes actuales —dominadas por las binacionales Itaipú y Yacyretá— no podrán sostener sin un plan de expansión agresivo. El informe no habla de un apagón inminente, pero sí de un estrangulamiento progresivo que limitará la instalación de nuevas industrias, encarecerá el suministro y obligará a decisiones de racionamiento que Paraguay, como país que aspira al desarrollo, no debería siquiera considerar.
Frente a este diagnóstico, la organización Horizonte Positivo ha puesto sobre la mesa una propuesta que busca cambiar el eje del debate. En su publicación más reciente, plantea que la energía eléctrica debe ser concebida como el motor del desarrollo nacional y no como un recurso a administrar con mentalidad de escasez. El planteo es ambicioso y tiene implicancias directas para el sector fluvial, marítimo e industrial que este medio sigue de cerca.
Un país con techo de generación y proyectos a la espera. El caso más emblemático de esta tensión entre potencial y realidad es el proyecto de Atome, la planta industrial de fertilizantes verdes que aguarda una definición tarifaria para avanzar. La iniciativa, que promete agregar valor al gas natural y a la energía renovable paraguaya, se encuentra en una suerte de limbo burocrático-regulatorio que ejemplifica el costo de no tener una política energética clara y previsible.
Horizonte Positivo subraya que Paraguay posee condiciones naturales excepcionales para diversificar su matriz: aproximadamente trescientos días claros al año y una irradiación solar promedio que coloca al territorio nacional entre los más aptos del mundo para la generación fotovoltaica. A esto se suma la reciente reglamentación del marco legal para energías renovables no convencionales, una herramienta que, bien utilizada, podría destrabar inversiones privadas en tiempo récord.
Sin embargo, la organización advierte que las herramientas legales no bastan. Se requiere —insiste— una política de Estado firme y una institucionalidad robusta que genere la confianza necesaria para que el capital privado, local e internacional, apueste por el Paraguay como plataforma energética regional.
La dimensión industrial y logística de la energía. La disponibilidad de energía abundante, barata y predecible no es solo una cuestión de comodidad domiciliaria: es el principal factor de competitividad para atraer industrias electro-intensivas, plantas de hidrógeno verde, centros de datos, complejos frigoríficos de última generación y terminales portuarias electrificadas. En otras palabras, la energía es el insumo invisible que define si la hidrovía Paraguay-Paraná moverá materia prima o productos con valor agregado.
ANÁLISIS DE OPINIÓN
Por el equipo de redacción de Mundo Fluvial Marítimo
Sin energía no hay dragado que alcance: la competitividad fluvial empieza en la matriz eléctrica
Existe una conexión directa, aunque poco explorada en el debate público, entre la capacidad de generación eléctrica de un país y la eficiencia de su sistema logístico fluvial y marítimo. Los puertos modernos son devoradores de electricidad: grúas eléctricas, sistemas de refrigeración para contenedores reefer, iluminación de terminales, scanner de aduanas, sistemas de bombeo para carga líquida. Una terminal portuaria que no puede garantizar suministro eléctrico continuo y a precios competitivos simplemente queda fuera del mapa de las grandes navieras.
Cuando el IPPSE advierte sobre un déficit de potencia hacia 2035, no está hablando solo de un problema para las distribuidoras o para los hogares. Está anticipando un cuello de botella que golpeará directamente la capacidad de Paraguay de procesar, conservar y embarcar su propia producción con estándares internacionales. Cada contenedor reefer que sale de nuestras terminales rumbo a Taiwán, Chile o la Unión Europea necesita una cadena de frío que empieza en la planta de faena y termina en el puerto de destino, pero que depende críticamente de la estabilidad del sistema eléctrico en origen.
El proyecto de Atome —esa planta de fertilizantes verdes que duerme a la espera de una tarifa— es el ejemplo perfecto de lo que está en juego. No es solo una fábrica: es un nodo potencial de carga para la hidrovía, un generador de fletes, un consumidor de servicios logísticos, un imán para buques tanque y para inversiones portuarias complementarias. Pero sin una definición energética clara, todo eso seguirá siendo un archivo en una carpeta de proyectos.
Horizonte Positivo acierta al poner el foco en la energía solar fotovoltaica como palanca de corto plazo. Trescientos días de sol al año no son un dato climático para turistas: son un activo energético subexplotado que podría alimentar parques industriales, zonas francas y terminales portuarias sin depender exclusivamente de las binacionales. La reciente reglamentación de renovables no convencionales es una señal correcta, pero insuficiente si no se traduce en contratos, licitaciones y financiamiento concreto.
La verdadera soberanía energética —como bien señala la organización— no consiste en defender a ultranza lo que ya tenemos, sino en invertir para que nunca falte. Y en un país que aspira a ser el centro logístico del Cono Sur, esa inversión debería leerse como lo que realmente es: la primera milla de cualquier cadena exportadora. Sin energía abundante y previsible, ni la hidrovía más dragada del mundo podrá sostener el crecimiento que el Paraguay necesita.






































